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domingo, 22 de mayo de 2011

LIBRERÍA PÉREZ GALDÓS

En esta ocasión una librería virtual de la que no he recibido ningún catálogo por correo tradicional. Accedí a ella gracias a la búsqueda que hice de un ejemplar en IberLibro.com, que es la filial española de AbeBooks Inc. Iberlibro es un catálogo de catálogos, reúne las bases de datos de las librerías asociadas, facilitando la búsqueda de algún ejemplar en concreto.

El ejemplar por el que tenía interés era un poemario escrito por Rodrigo García del que ya hablé en esta entrada por formar parte de uno de los grupos que versionaron en castellano House of the Rising Sun, y que gracias a lo que aprendí escribiéndola es por lo que tuve conocimiento de dicha obra. Se titula Verde Veronés, publicada en 1995 es la primera obra del autor, algo errática:

Después de padecer las innumerables tropelías que nuestras más beligerantes vanguardias han perpetrado prescindiendo de todo respeto y delicadeza, no he creído indispensable ser melindroso con la rima ni con el metro; declinados ambos académicos rigores, prefería la sonoridad, la comodidad e incluso la puntería.

Prueba de ello amén de la cita, es que contiene dedicatoria, prólogo, addenda, tres introducciones, addenda final, epílogo y agradecimientos. Entre medias caben poemas y otras reflexiones, incluso una agradable sorpresa: una dedicatoria autógrafa en portada no reseñada en los datos facilitados por la librería que bien pudiera ser del autor (se adivina claramente la letra R como inicial).

Como quiera que no sólo por un libro iba a realizar un pedido, pasé ya sí a consultar en exclusiva el catálogo de la librería Pérez Galdós, encontrando otros libros que justificaban la adquisición del buscado, entre ellos un acierto y un fracaso, un curioso cómic en primera edición sería el acierto y un libro que ya poseía el fracaso (ya no puedo confiar en mi memoria como antes). Como no tengo vocación de biblioteca pública, y no pensaba ponerlo a disposición del público ya me he deshecho de él por el mejor medio posible en estos casos: regalándolo.

La librería Pérez Galdós está ubicada en Madrid, en la calle Hortaleza y en la calle Sagasta, donde se ubica la librería El Galeón, a modo de filial especializada en temática religiosa y que dispone además de página web propia. Fundada en 1942 por descendientes de D. Benito Pérez Galdós según sus responsables indican, disponen de más de 20000 títulos agotados en continua renovación. Ofrecen además un apartado de bibliofilia, especializado en libros que se alejan de la denominación de "usados" o "segunda mano". Como es costumbre, relaciono algunas reseñas de su catálogo (las cursivas son mías):

VERDE VERONÉS. García Rodrigo. M. 1995 Cartoné. 14x21

HOUSE OF INCEST. Anais Nin. Magnífica obra de Anais Nin escrita en inglés. Con 3 grabados originales del artista y cineasta Ian Hugo firmados a mano por él. Edición de 50 ejemplares numerados y firmados por la autora, éste es el nº 1. Dedicado por Anäis y Hugo. Cartoné en estuche. 30x42. 1947 Novela Gemor Press. Pags 21 – 4200 €
[Un ejemplar único con autógrafos de sus autores]

FLAGELLUM DAEMONUM, EXORCISMOS TERRIBILES. Hieronymo Mengo (Hieronymus Mengus). «Flagellum daemonum: exorcismos terribiles, potentissimos et efficaces, remediaque probatissima, ac doctrinam singularem in malignos spiritus expellendos, facturasque, & maleficia fuganda de obsessis corporibus complectens, cum suis benedictionibus, & omnibus requisitis ad eorum expulsionem. Accessit postremo pars secunda, quae Fustis Dæmonum inscribitur.» Obra seguida de «Fustis Daemonum». Valiosa recopilación de distintos modos de exorcismo. Escrito en latín. Marcas de humedad en las hojas finales de «Fustis Dæmonum». Encuadernación no original con tejuelo en piel, restaurado: conserva lomo y cubiertas originales en piel. 14x19. 1587. Pags 328 – 4800 €
[Para paladares arcanos un ejemplar del XVI]

FATMA. Cuentos de mujeres marroquíes Martín de la Escalera, Carmen. Plena piel con nervios. Tomás García Figueras prol. Mariano Bertuchi ilustraciones. Publicaciones Africa 1945. Páginas 250. - 250 €
[Una recopilación de cuentos marroquíes realizada por Figueras con ilustraciones de Bertuchi, excelente pintor africanista, en edición original]

IMÁN. Sender, Ramon J. 1ª edición. rústica. buen estado. Cenit 1930 Pags 272 – 130 €
[Una primera edición de esta obra de Sender ambientada en Melilla]

MELILLA, LA CODICIADA. LOS BUSCADORES DEL PAN. Berenguer, Juan. Rústica, algo deslucida. Firma del anterior propietario en la última página. Editorial Edición del autor 1930. Páginas 194 – 90 €
[Otra novela "clásica" sobre Melilla en primera edición]





miércoles, 1 de julio de 2009

LIBRERÍA ANTICUARIA DE ANTONIO MATEOS. Primavera 2009

Un nuevo catálogo de una librería de "libros antiguos, curiosos y agotados" como la define su propietario ha llegado a mi buzón. Lamentablemente relegado en los últimos tiempos a cobijar casi en exclusiva correspondencia bancaria y publicidad varia, es un soplo de aire fresco encontrarse de vez en cuando con uno de estos sobres que albergan cual si cofre del tesoro fueran, joyas del papel impreso.

La Librería Anticuaria de Antonio Mateos ofrece sus servicios desde el año 1938 en la ciudad de Málaga. Ubicada actualmente en la calle Esparteros muy próxima a la principal calle de la capital de la Costa del Sol, la avenida Marqués de Larios, hoy día un agradable paseo peatonal cuando no pega la canícula.

Esta es una de las primeras librerías de lance que visité siendo prácticamente un imberbe y preguntando por (bendita inocencia) cualquier libro que versara sobre el protectorado español de Marruecos . De ella es el ejemplar más valorado (y costoso) de mi biblioteca: un enorme volumen que contiene dos años del periódico ilustrado "Mundo Militar" que se editara mediado el siglo XIX y que según reza en su primer número nace "...para tener al corriente al Ejército y al público en general, con verdad y exactitud, de todos los acontecimientos militares del mundo." Algún día tendré que dedicarle una entrada (o varias) porque son muchas las noticias interesantes y de gran belleza los grabados y mapas que ilustran sus páginas. Pero ahora corresponde, como es costumbre ya en mí con estos artículos, reseñar algunas referencias del catálogo a modo de pequeños bocados que quizá os despierten el apetito sobre el resto de manjares que lo componen.


21. ARDOIS Y CASAUS (Federico). Nociones de táctica naval, por el Capitán de Fragata... M., Imp. de la Infantería de Marina, 1891, 21 x 15 cm., hol. piel, 183 págs. con figuras intercaladas. - 50 €
[Sólo siete años antes del desastre de la Armada Española a manos de la norteamericana]

55 CALZADA (Bernardo María de). La subordinación. Tragi-comedia en cinco actos. Por..., Capitán del Regimiento de Caballería de la Reyna. M., Joachin Ibarra, 1785, 16 x 11 cm., hol. piel, 2 h. - 153 págs. - 250 €
[Un Ibarra asumible]

163 KAESTNER (Otto). El toreo científico. La teoría de la relatividad de Einstein aplicada a la Tauromaquia. Conferencias sobre toros explicadas por..., de la Escuela Técnica Superior de Charlottenburgo, traducción de Fernando de Ormaza. M., Gráfica Universal, s.a. (hacia 1925), 20 x 13 cm., retrato - 117 págs. con ilustraciones y viñetas intercaladas - 2 láminas en papel couché. - 60 €
[Los títulos extraños siempre fueron mi debilidad]

209 NAVARRETE (José). Desde Vad-Ras a Sevilla. Acuarelas de la campaña de África. M., por Víctor Saiz, (1876), 18'5 x 12 cm., hol. piel con puntas, XII - 260 págs. - 2 h. (El autor tomó parte, como militar, en la guerra de África de 1859 a 1860 y compendió luego sus recuerdos en este libro. Intervino en política, participó en la Revolución de Septiembre y fue diputado a Cortes) - 220 €
[Mi temática favorita]

sábado, 23 de mayo de 2009

EL CAMINO DE SANTIAGO. Librería Anticuaria - Abril 2009

Han pasado muchos meses desde el último (y primer) catálogo de libros de lance que comenté en este blog, enlace aquí.

Entretanto he recibido muchos otros que por desidia no he comentado, pero no podía dejar de comentaros éste que publica la librería de Felipe Martínez Prieto El Camino de Santiago. Librería anticuaria fundada en 1905 en León de esta manera tan curiosa y arriesgada:

Por eso cuando llegó la hora en que debía desprenderme de todos los libros al meterme a librero solamente me quedaba el tramo final de la escalera, unos mil quinientos libros. Era el único modo que tenía -ya que dinero no- de arrancar con un fondo de librería interesante: se vendieron muy bien. Y confieso que no me dolió venderlos.
Reconozco también que no he vuelto a formar biblioteca personal (según una antigua tradición -y pueden verse referencias en El Quijote y en otros clásicos-), puede ocurrir en cierto momento de la vida de algunos muy lectores, por su bien, que les convenga dejar los libros.
Algunos de los clientes y particularmente los más bibliófilos de entre ellos, a veces se extrañan un poco de oírme decir estas cosas porque se dan cuenta de que -como ellos- aprecio lo bello y lo excelente y conozco (en el sentido clásico de conocer) el amor que suscitan en nuestros corazones. Pero hace años que leo apenas las solapas y los prólogos: busco los libros raros, bellos, sabios. Los compro y los disfruto mientras están en mi poder y luego los traslado a poder de quien los quiere y acaso los merece o necesita más que yo: los clientes de la librería que me honran con sus enseñanzas y sus adquisiciones.




Pocos de nosotros en nuestra vida habremos tomado una decisión tan importante: lanzarnos al agua de cabeza, sin salvavidas. Arriesgar todo lo que teníamos de valor por alcanzar un sueño. Y Felipe Martínez Prieto lo hizo, y lo hizo muy bien; porque sus catálogos no son una simple recopilación de libros de segunda mano, su librería es mucho más que una librería de lance, como bien reza en su denominación se trata de una librería anticuaria que en su último catálogo ofrece: 50 primeras ediciones, una edición incunable de la Divina Comedia, dos Nobiliarios desconocidos del s. XVII, más de 30 piezas cartográficas (s. XVII, XVIII, XIX)... entre otras muchas delicatessen. Como en la anterior ocasión, os dejo unas pocas referencias del catálogo agradables a mi paladar, pero desgraciadamente inalcanzables para mi bolsillo. Las cursivas son mías:






11. Biblia Sacra Vulgatae Editiones, Sixti V & Clementis VIII. Pont. Max. Auctoritate recognita.
Joaquín Ibarra, Madrid, 1877. 2 vols, plena piel de época, con nervios, lomo cuajado y dos tejuelos, cinta de registro, cortes pintados. 671 y 771 pp. Gran folio - 700 €
[Algún día podré agenciarme una edición de este magnífico impresor aragonés del XVIII para mi humilde biblioteca.]

13 Constitución de la Nación Española, promulgada en Madrid el 6 de junio de 1869
Imp. de J. A. García, Madrid, 1869. Plena piel con nervios, título dorado en la cubierta superior, estuche. 88 páginas. 16º - 600 €
[Una buena oportunidad de conseguir en una cuidada edición original uno de los textos constitucionales del XIX.]

17 El libro de Oro de la Patria [vasca]
Editorial Gurea, San Sebastián, s/f pero hacia 1934. Plena piel editorial muy lujosa, con título dorado sobre el plano superior, que lleva también la incrustación del escudo heráldico de seis cuarteles bordados a todo color. Reproduce los autógrafos de Mciá, Edmon de Valera (presidente de Irlanda), pensamientos de Arana Goiri y dedicatoria por Arturo Campión. Gran papel en diversos colores, con grandes márgenes. Cada monografía se ejecutó con diseños gráficos, ilustraciones y colores diferentes. Numerosos artículos sobre los más diversos temas de la historia, etnología, arte, literatura y cultura vasca en general, reproduciendo multitud de pinturas alusivas mediante láminas litográficas a todo color y de gran calidad. Incluye también 2 aguafuertes de David Álvarez y otros 2 de Murillo, así como dibujos por Murillo, Txiki, Lagarde, Bernaville. Y la portada del Estatuto Vasco presentado a las Cortes españolas. Gran folio. - 1400 €

92 Bury, Ricardo y M. Ilin. Colección Crisolín nº 0.
Amor e Historia en el Libro: Filobiblión, muy hermoso tratado sobre el amor a los libros y Negro sobre Blanco, una historia de la escritura y el libro para chicos y grandes. Aguilar, Madrid, 1950. Plena piel editorial, papel biblia, cinta de registro, retrato, 482 pp. 84x62 mm. - 700 €
[De la misma manera que deseo un Ibarra en mi biblioteca, algún día afrontaré la adquisición de esta diminuta pero exquisita colección de la editorial Aguilar, de la que sólo dispongo de un ejemplar. En el resto del catálogo se ofrecen algunos números más de la colección Crisolín.]


Por si alguno quiere (y puede) visitar la librería, os dejo el plano de situación:

viernes, 24 de abril de 2009

DEL AMOR A LOS LIBROS

Recién acabado el día del libro y casi paso por él sin cumplir con la tradición de agenciarme uno más dispuesto a luchar por encontrar un lugar entre los abarrotados anaqueles de mi biblioteca. En esta ocasión el eligido ha sido Marruecos ¡17 a las 17! de Joaquín Gil Honduvilla. Un libro que describe como se desarrollaron los acontecimientos en las plazas del Protectorado español de Marruecos en los días claves del golpe de estado de Franco.

Realmente poco importa la temática de la adquisición, lo importante es cumplir con la tradición, mantener vivo ese ritual mágico consistente en trasladar hasta el rincón favorito de tu hogar ese pequeño trofeo de papel encolado, destaparlo y hurgar en su contenido, imaginando todo lo que el autor quiso plasmar en sus páginas.

Uno de los pocos textos que he leído donde se describe a la perfección esa magia que posee todo libro impreso se debe a Ray Bradbury (1920-). Autor de Crónicas Marcianas (1950) o Fahrenheit 451 (1953), es precisamente en una edición de esta última donde incluye un postfacio fechado cuarenta años después de su publicación en el que relata apasionadamente su amor por los libros, en concreto por ese libro en particular. Aviso que es un poco extenso, pero os lo transcribo completo para que lo disfrutéis como yo lo hice en su día, aunque poniendo en negrita los párrafos más emotivos por si no tenéis tiempo de leerlo en su totalidad. Prohibido pasar por alto el final.

Cinco pequeños brincos y luego un gran salto.

Cinco petardos y luego una explosión.

Eso describe poco más o menos la génesis de Fahrenheit 451.

Cinco cuentos cortos, escritos durante un período de dos o tres años, hicieron que invirtiera nueve dólares y medio en monedas de diez centavos en alquilar una máquina de escribir en el sótano de una biblioteca, y acabara la novela corta en sólo nueve días.

¿Cómo es eso?

Primero, los saltitos, los petardos:

En un cuento corto, «Bonfire», que nunca vendí a ninguna revista, imaginé los pensamientos literarios de un hombre en la noche anterior al fin del mundo. Escribí unos cuantos relatos parecidos hace unos cuarenta y cinco años, no como una predicción, sino como una advertencia, en ocasiones demasiado insistente. En «Bonfire», mi héroe enumera sus grandes pasiones. Algunas dicen así:

«Lo que más molestaba a William Peterson era Shakespeare y Platón y Aristóteles y Jonathan Swift y William. Faulkner, y los poemas de, bueno, Robert Frost, quizá, y John Donne y Robert Herrick. Todos arrojados a la Hoguera. Después imaginó las cenizas (porque en eso se convertirían). Pensó en las esculturas colosales de Michelangelo, y en el Greco y Renoir y en tantos otros. Mañana estarían todos muertos, Shakespeare y Frost junto con HuxIey, Picasso, Swift y Beethoven, toda aquella extraordinaria biblioteca y el bastante común propietario … »

No mucho después de «Bonfire» escribí un cuento más imaginativo, pienso, sobre el futuro próximo, «Bright Phoenix»: el patriota fanático local amenaza al bibliotecario del pueblo a propósito de unos cuantos miles de libros condenados a la hoguera. Cuando los incendiarios llegan para rociar los volúmenes con kerosene, el bibliotecario los invita a entrar, y en lugar de defenderse, utiliza contra ellos armas bastante sutiles y absolutamente obvias. Mientras recorremos la biblioteca y encontramos a los lectores que la habitan, se hace evidente que detrás de los ojos y entre las orejas de todos hay más de lo que podría imaginarse. Mientras quema los libros en el césped del jardín de la biblioteca, el Censor Jefe toma café con el bibliotecario del pueblo y habla con un camarero del bar de enfrente, que viene trayendo una jarra de humeante café.

-Hola, Keats -dije.

-Tiempo de brumas y frustración madura -dijo el camarero.

-¿Keats? -dijo el Censor jefe -. ¡No se llama Keats!

-Estúpido -dije -. Éste es un restaurante griego. ¿No es así, Platón?

El camarero volvió a llenarme la taza. -El pueblo tiene siempre algún campeón, a quien enaltece por encima de todo… Ésta y no otra es la raíz de la que nace un tirano; al principio es un protector.

Y más tarde, al salir del restaurante, Barnes tropezó con un anciano que casi cayó al suelo. Lo agarré del brazo.

-Profesor Einstein -dije yo.

-Señor Shakespeare -dijo él.

Y cuando la biblioteca cierra y un hombre alto sale de allí, digo: -Buenas noches, señor Lincoln …

Y él contesta: -Cuatro docenas y siete años …

El fanático incendiario de libros se da cuenta entonces de que todo el pueblo ha escondido los libros memorizándolos. ¡Hay libros por todas partes, escondidos en la cabeza de la gente! El hombre se vuelve loco, y la historia termina.

Para ser seguida por otras historias similares: «The Exiles», que trata de los personajes de los libros de Oz y Tarzán y Alicia, y de los personajes de los extraños cuentos escritos por Hawthorne y Poe, exiliados todos en Marte; uno por uno estos fantasmas se desvanecen y vuelan hacia una muerte definitiva cuando en la Tierra arden los últimos libros.

En «Usher H» mi héroe reúne en una casa de Marte a todos los incendiarios de libros, esas almas tristes que creen que la fantasía es perjudicial para la mente. Los hace bailar en el baile de disfraces de la Muerte Roja, y los ahoga a todos en una laguna negra, mientras la Segunda Casa Usher se hunde en un abismo insondable.

Ahora el quinto brinco antes del gran salto.

Hace unos cuarenta y dos años, año más o año menos, un escritor amigo mío y yo íbamos paseando y charlando por Wilshire, Los Angeles, cuando un coche de policía se detuvo y un agente salió y nos preguntó qué estábamos haciendo.

-Poniendo un pie delante del otro -le contesté, sabihondo.

Ésa no era la respuesta apropiada.

El policía repitió la pregunta.

Engreído, respondí: -Respirando el aire, hablando, conversando, paseando.

El oficial frunció el ceño. Me expliqué.

-Es ¡lógico que nos haya abordado. Si hubiéramos querido asaltar a alguien o robar en una tienda, habríamos conducido hasta aquí, habríamos asaltado o robado, y nos habríamos ido en coche. Como usted puede ver, no tenemos coche, sólo nuestros pies.

-¿Paseando, eh? -dijo el oficial -. ¿Sólo paseando?

Asentí y esperé a que la evidente verdad le entrara al fin en la cabeza.

-Bien -dijo el oficial -. Pero, ¡qué no se repita!

Y el coche patrulla se alejó.

Atrapado por este encuentro al estilo de Alicia en el País de las Maravillas, corrí a casa a escribir «El peatón» que hablaba de un tiempo futuro en el que estaba prohibido caminar, y los peatones eran tratados como criminales. El relato fue rechazado por todas las revistas del país y acabó en el Reporter la espléndida revista política de Max Ascoli.

Doy gracias a Dios por el encuentro con el coche patrulla, la curiosa pregunta, mis respuestas estúpidas, porque si no hubiera escrito «El peatón» no habría podido sacar a mi criminal paseante nocturno para otro trabajo en la ciudad, unos meses más tarde.

Cuando lo hice, lo que empezó como una prueba de asociación de palabras o ideas se convirtió en una no vela de 25.000 palabras titulada «The Fireman», que me costó mucho vender, pues era la época del Comité de Investigaciones de Actividades Antiamericanas, aunque mucho antes de que Joseph McCarthy saliera a escena con Bobby Kermedy al alcance de la mano para organizar nuevas pesquisas.

En la sala de mecanografía, en el sótano de la biblioteca, gasté la fortuna de nueve dólares y medio en monedas de diez centavos; compré tiempo y espacio junto con una docena de estudiantes sentados ante otras tantas máquinas de escribir.

Era relativamente pobre en 1950 y no podía permitirme una oficina. Un mediodía, vagabundeando por el campus de la UCLA, me llegó el sonido de un tecleo desde las profundidades y fui a investigar. Con un grito de alegría descubrí que, en efecto, había una sala de mecanografía con máquinas de escribir de alquiler donde por diez centavos la media hora uno podía sentarse y crear sin necesidad de tener una oficina decente.

Me senté y tres horas después advertí que me había atrapado una idea, pequeña al principio pero de proporciones gigantescas hacia el final. El concepto era tan absorbente que esa tarde me fue difícil salir del sótano de la biblioteca y tomar el autobús de vuelta a la realidad: mi casa, mi mujer y nuestra pequeña hija.

No puedo explicarles qué excitante aventura fue, un día tras otro, atacar la máquina de alquiler, meterle monedas de diez centavos, aporrearla como un loco, correr escaleras arriba para ir a buscar más monedas, meterse entre los estantes y volver a salir a toda prisa, sacar libros, escudriñar páginas, respirar el mejor polen del mundo, el polvo de los libros, que desencadena alergias literarias. Luego correr de vuelta abajo con el sonrojo del enamorado, habiendo encontrado una cita aquí, otra allá, que metería o embutiría en mi mito en gestación. Yo estaba, como el héroe de Melville, enloquecido por la locura. No podía detenerme. Yo no escribí Fahrenheit 451, él me escribió a mí. Había una circulación continua de energía que salía de la página y me entraba por los ojos y recorría mi sistema nervioso antes de salirme por las manos. La máquina de escribir y yo éramos hermanos siameses, unidos por las puntas de los dedos.


Fue un triunfo especial porque yo llevaba escribiendo relatos cortos desde los doce años, en el colegio y después, pensando siempre que quizá nunca me atrevería a saltar al abismo de una novela. Aquí, pues, estaba mi primer intento de salto, sin paracaídas, a una nueva forma. Con un entusiasmo desmedido a causa de mis carreras por la biblioteca, oliendo las encuadernaciones y saboreando las tintas, pronto descubrí, como he explicado antes, que nadie quería «The Fireman». Fue rechazado por todas las revistas y finalmente fue publicado por la revista Galaxy, cuyo editor, Horace Gold, era más valiente que la mayoría en aquellos tiempos.

¿Qué despertó mi inspiración? ¿Fue necesario todo un sistema de raíces de influencia, sí, que me impulsaran a tirarme de cabeza a la máquina de escribir y a salir chorreando de hipérboles, metáforas y símiles sobre fuego, imprentas y papiros?

Por supuesto: Hitler había quemado libros en Alemania en 1934, y se hablaba de los cerilleros y yesqueros de Stalin. Y además, mucho antes, hubo una caza de brujas en Salem en 1680, en la que mi diez veces tatarabuela Mary Bradbury fue condenada pero escapó a la hoguera. Y sobre todo fue mi formación romántica en la mitología romana, griega y egipcia, que empezó cuando yo tenía tres años. Sí, cuando yo tenía tres años, tres, sacaron a Tut de su tumba y lo mostraron en el suplemento semanal de los periódicos envuelto en toda una panoplia de oro, ¡y me pregunté qué sería aquello y se lo pregunté a mis padres!

De modo que era inevitable que acabara oyendo o leyendo sobre los tres incendios de la biblioteca de Alejandría; dos accidentales, y el otro intencionado. Tenía nueve años cuando me enteré y me eché a llorar. Porque, como niño extraño, yo ya era habitante de los altos áticos y los sótanos encantados de la biblioteca Carnegie de Waukegan, Illinois.

Puesto que he empezado, continuaré. A los ocho, nueve, doce y catorce años, no había nada más emocionante para mí que correr a la biblioteca cada lunes por la noche, mi hermano siempre delante para llegar primero. Una vez dentro, la vieja bibliotecaria (siempre fueron viejas en mi niñez) sopesaba el peso de los libros que yo llevaba y mi propio peso, y desaprobando la desigualdad (más libros que chico), me dejaba correr de vuelta a casa donde yo lamía y pasaba las páginas.

Mi locura persistió cuando mi familia cruzó el país en coche en 1932 y 1934 por la carretera 66. En cuanto nuestro viejo Buick se detenía, yo salía del coche y caminaba hacia la biblioteca más cercana, donde tenían que vivir otros Tarzanes, otros Tik Toks, otras Bellas y Bestias que yo no conocía.

Cuando salí de la escuela secundaria, no tenía dinero para ir a la universidad. Vendí periódicos en una esquina durante tres años y me encerraba en la biblioteca del centro tres o cuatro días a la semana, y a menudo escribí cuentos cortos en docenas de esos pequeños tacos de papel que hay repartidos por las bibliotecas, como un servicio para los lectores. Emergí de la biblioteca a los veintiocho años. Años más tarde, durante una conferencia en una universidad, habiendo oído de mi total inmersión en la literatura, el decano de la facultad me obsequió con birrete, toga y un diploma, como «graduado» de la biblioteca.

Con la certeza de que estaría solo y necesitando ampliar mi formación, incorporé a mi vida a mi profesor de poesía y a mi profesora de narrativa breve de la escuela secundaria de Los Angeles. Esta última, Jermet Johnson, murió a los noventa años hace sólo unos años, no mucho después de informarse sobre mis hábitos de lectura.

En los últimos cuarenta años es posible que haya escrito más poemas, ensayos, cuentos, obras teatrales y novelas sobre bibliotecas, bibliotecarios y autores que cualquier otro escritor. He escrito poemas como Emily Dickinson, Where Are You? Hermann Melville Called Your Name Last Night In His Sleep. Y otro reivindicando a Emily y el señor Poe como mis padres. Y un cuento en el que Charles Dickens se muda a la buhardilla de la casa de mis abuelos en el verano de 1932, me llama Pip, y me permite ayudarlo a terminar Historia de dos ciudades. Finalmente, la biblioteca de La feria de las tinieblas es el punto de cita para un encuentro a medianoche entre el Bien y el Mal. La señora Halloway y el señor Dark. Todas las mujeres de mi vida han sido profesoras, bibliotecarias y libreras. Conocí a mi mujer, Maggie, en una librería en la primavera de 1946.

Pero volvamos a «El peatón» y el destino que corrió después de ser publicado en una revista de poca categoría. ¿Cómo creció hasta ser dos veces más extenso y salir al mundo?

En 1953 ocurrieron dos agradables novedades. Ian Ballantine se embarcó en una aventura arriesgada, una colección en la que se publicarían las novelas en tapa dura y rústica a la vez. Ballantine vio en Fahrenheit 451 las cualidades de una novela decente si yo añadía otras 25.000 palabras a las primeras 25.000.

¿Podía hacerse? Al recordar mi inversión en monedas de diez centavos y mi galopante ir y venir por las escaleras de la biblioteca de UCLA a la sala de mecanografía, temí volver a reencender el libro y recocer los personajes. Yo soy un escritor apasionado, no intelectual, lo que quiere decir que mis personajes tienen que adelantarse a mí para vivir la historia. Si mi intelecto los alcanza demasiado pronto, toda la aventura puede quedar empantanada en la duda y en innumerables juegos mentales.

La mejor respuesta fue fijar una fecha y pedirle a Stanley Kauffmann, mi editor de Ballantine, que viniera a la costa en agosto. Eso aseguraría, pensé, que este libro Lázaro se levantara de entre los muertos. Eso además de las conversaciones que mantenía en mi cabeza con el jefe de Bomberos, Beatty, y la idea misma de futuras hogueras de libros. Si era capaz de volver a encender a Beatty, de dejarlo levantarse y exponer su filosofía, aunque fuera cruel o lunática, sabía que el libro saldría del sueño y seguiría a Beatty.

Volví a la biblioteca de la UCLA, cargando medio kilo de monedas de diez centavos para terminar mi novela. Con Stan Kauffmann abatiéndose sobre mí desde el cielo, terminé de revisar la última página a mediados de agosto. Estaba entusiasmado, y Stan me animó con su propio entusiasmo.

En medio de todo lo cual recibí una llamada telefónica que nos dejó estupefactos a todos. Era John Houston, que me invitó a ir a su hotel y me preguntó si me gustaría pasar ocho meses en Irlanda para escribir el guión de Moby Dick.

Qué año, qué mes, qué semana.

Acepté el trabajo, claro está, y partí unas pocas semanas más tarde, con mi esposa y mis dos hijas, para pasar la mayor parte del año siguiente en ultramar. Lo que significó que tuve que apresurarme a terminar las revisiones menores de mi brigada de bomberos.

En ese momento ya estábamos en pleno período macartista- McCarthy había obligado al ejército a retirar algunos libros «corruptos» de las bibliotecas en el extranjero. El antes general, y por aquel entonces presidente Eisenhower, uno de los pocos valientes de aquel año, ordenó que devolvieran los libros a los estantes.

Mientras tanto, nuestra búsqueda de una revista que publicara partes de Fahrenheit 451 llegó a un punto muerto. Nadie quería arriesgarse con una novela que tratara de la censura, futura, presente o pasada.

Fue entonces cuando ocurrió la segunda gran novedad. Un joven editor de Chicago, escaso de dinero pero visionario, vio mi manuscrito y lo compró por cuatrocientos cincuenta dólares, que era todo lo que tenía. Lo publicaría en los número dos, tres y cuatro de la revista que estaba a punto de lanzar.

El joven era Hugh Hefner. La revista era P1ayboy, que llegó durante el invierno de 1953 a 1954 para escandalizar y mejorar el mundo. El resto es historia. A partir de ese modesto principio, un valiente editor en una nación atemorizada sobrevivió y prosperó. Cuando hace unos meses vi a Hefner en la inauguración de sus nuevas oficinas en California, me estrechó la mano y dijo: «Gracias por estar allí». Sólo yo supe a qué se refería.

Sólo resta mencionar una predicción que mi Bombero jefe, Beatty, hizo en 1953, en medio de mi libro. Se refería a la posibilidad de quemar libros sin cerillas ni fuego. Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe. Si el baloncesto y el fútbol inundan el mundo a través de la MTV, no se necesitan Beattys que prendan fuego al kerosene o persigan al lector. Si la enseñanza primaria se disuelve y desaparece a través de las grietas y de la ventilación de la clase, ¿quién, después de un tiempo, lo sabrá, o a quién le importará?

No todo está perdido, por supuesto. Todavía estamos a tiempo si evaluamos adecuadamente y por igual a profesores, alumnos y padres, si hacemos de la calidad una responsabilidad compartida, si nos aseguramos de que al cumplir los seis años cualquier niño en cualquier país puede disponer de una biblioteca y aprender casi por osmosis; entonces las cifras de drogados, bandas callejeras, violaciones y asesinatos se reducirán casi a cero. Pero el Bombero jefe en la mitad de la novela lo explica todo, y predice los anuncios televisivos de un minuto, con tres imágenes por segundo, un bombardeo sin tregua. Escúchenlo, comprendan lo que quiere decir, y entonces vayan a sentarse con su hijo, abran un libro y vuelvan la página.

Pues bien, al final lo que ustedes tienen aquí es la relación amorosa de un escritor con las bibliotecas; o la relación amorosa de un hombre triste, Montag, no con la chica de la puerta de al lado, sino con una mochila de libros. ¡Menudo romance! El hacedor de listas de «Bonfire» se convierte en el bibliotecario de «Bright Phoenix» que memoriza a Lincoln y Sócrates, se transforma en «El peatón» que pasea de noche y termina siendo Montag, el hombre que olía a kerosene y encontró a Clarisse. La muchacha le olió el uniforme y le reveló la espantosa misión de un bombero, revelación que llevó a Montag a aparecer en mi máquina de escribir un día hace cuarenta años y a suplicar que le permitiera nacer.

-Ve -dije a Montag, metiendo otra moneda en la máquina -, y vive tu vida, cambiándola mientras vives. Yo te seguiré.

Montag corrió. Yo fui detrás.

Ésta es la novela de Montag.

Le agradezco que la escribiera para mí

miércoles, 17 de septiembre de 2008

FÁBULA LIBROS - Otoño 2008

Comienzo con este artículo una serie, espero que larga, sobre las librerías de lance y sus catálogos que, aún en la era digital en la que estamos inmersos, tienen a bien mandarme por correo sus cuidadas relaciones de libros de segunda mano, antiguos, curiosos, raros y casi siempre agotados.

Coleccionista de pequeñas joyas de papel desde hace muchos años, me precio de mantener relaciones con bastantes librerías de las que soy cliente, a pesar de que en ocasiones no tan asiduo como sus propietarios quisieran que fuera.


En esta ocasión he recibido el catálogo de otoño de Fábula Libros que recoge 1000 referencias de libros de bajo precio y ejemplares repetidos de la Librería Anticuaria Jiménez-Bravo de Madrid. A pesar de ser éste el segundo catálogo bajo la denominación de Fábula Libros, la librería tiene tras de sí una larga historia de catálogos editados bajo su propia nombre de los que también he sido su afortunado receptor.


Algunas de las referencias del catálogo a título meramente ilustrativo:

27. ALONSO GARCÍA, Manuel José.- LAS COMUNIDADES EUROPEAS. EL MEDITERRÁNEO Y EL NORTE DE ÁFRICA. Cristianismo e Islam. Las sociedades inmovilistas del Norte de África. El diálogo Norte-Sur. Las bases histórico-culturales. Los conflictos actuales del Mediterráneo. Melilla. As. Estudios Hispanos-Africanos, 1989, 4º, 571 págs. 15 €

126. BLANCO-FOMBONA, Rufino.- EL CONQUISTADOR EXPAÑOL DEL SIGLO XVI. (La Obra Maestra). Madrid, edic. Nuestra Raza, 8º tela, 230 págs. + 1 h. 15 €

223. CHACÓN Y PERY, José María.- LA MARINA MILITAR EN ESPAÑA. Estudio técnico y administrativo de su organización. Madrid. Imp. Ministerio de Marina, 1900, 4º, 253 págs. 20 €

442. GIBBON, Edward.- HISTORIA DE LA DECADENCIA Y RUINA DEL IMPERIO ROMANO. Barcelona, edic. Orbis, 1987, 8º cartoné, 379 págs. 15 €

654. MATTHEWS, John.- VIAJE A SIERRA LEONA EN LA COSTA DE ÁFRICA. Traducción del inglés por D. Barnés. Madrid, edit. Calpe, 1921, 8º, 218 págs. + 1 mapa plegado. 20 €

732. OCHOA Y BENJUMEA, José.- SIEMPRE TE ESPERO... Valencia, edit. Castalia, 1958, 8º tela, 153 págs. + 2 h. 10 €

900. SCHICK, León.- JACOBO FUCAR. Un gran hombre de negocios del siglo XVI. Madrid, edit. Aguilar, 1961, 8º cartoné, XV + 457 págs. + varias láminas. 21 €

Es sólo una pequeña muestra seleccionada en base a mis gustos, por descontado que el catálogo es mucho más extenso tanto en tamaño como en diversidad. De seguro que cualquier aficionado amante de los libros encontrará en él alguno apto para su paladar.

Plano de ubicación de la librería.