lunes, 15 de junio de 2009

ALBERTO MONTT

Acabo de incorporar al blog un gadget que enlaza con el blog "Dosis diarias" de Alberto Montt. Se trata de un ilustrador chileno que mantiene su blog con entradas única y exclusivamente integradas por viñetas de un humor irreverente y absurdo en ocasiones, pero que no por ello deja de ser inteligente, elaboradas todas con un cuidado exquisito por los detalles y el acabado. Montt no sólo es un cuenta chistes, historietas o chascarrillos más o menos ingeniosos, sino que cada uno de ellos va acompañado de un grafismo propio y elaborado que los hace singulares hoy en día, donde prima el mensaje directo casi sin elaboración. Según nos relata el mismo, estos son sus orígenes:

Si de pequeño me hubieran preguntado qué quería hacer en la vida ¡Sin duda habría respondido que dibujar!. Tengo la suerte de hacer lo que me gusta y vivir de ello. Soy ilustrador hace casi una década. Mis trabajos han sido publicados en los principales medios de prensa escrita en Chile y Ecuador, donde viví 25 años, y he ilustrado más de 35 libros de literatura infantil y juvenil.

El humor siempre fue una fuente de inspiración y una constante herramienta de reflexión y crecimiento en mi vida. Gary Larson, Quino, Fontanarrosa, Les Luthiers, Radio free Vestibule, Monty Pyton, Mitch Hedberg, Oscar Wilde, Sarah Silverman, y muchos otros me han ayudado a ver la vida desde una perspectiva diferente. Es por esto que hoy tengo un proyecto personal, un blog http://www.dosisdiarias.com en el que ilustro las idioteces que tengo en la cabeza, simplemente por el gusto y la necesidad de exorcizarlas. Y, aunque he descubierto que, lejos de terminarse, siguen apareciendo, hoy no puedo parar.

Tiene algunos libros publicados, uno de ellos recoge una recopilación de las viñetas que han ido apareciendo en el blog que iniciara en noviembre de 2006 titulado En Dosis Diarias, editado por Ediciones B. Habiendo recorrido su blog de principio a fin, puedo decir sin temor a equivocarme que su libro es una fuente segura de humor de calidad que no desentonará en ninguna de vuestras bibliotecas. Además del gadget dejo a continuación una de sus viñetas que, no se por qué motivo le tengo un especial aprecio.

Fuentes:
http://www.indie.cl/

sábado, 23 de mayo de 2009

EL CAMINO DE SANTIAGO. Librería Anticuaria - Abril 2009

Han pasado muchos meses desde el último (y primer) catálogo de libros de lance que comenté en este blog, enlace aquí.

Entretanto he recibido muchos otros que por desidia no he comentado, pero no podía dejar de comentaros éste que publica la librería de Felipe Martínez Prieto El Camino de Santiago. Librería anticuaria fundada en 1905 en León de esta manera tan curiosa y arriesgada:

Por eso cuando llegó la hora en que debía desprenderme de todos los libros al meterme a librero solamente me quedaba el tramo final de la escalera, unos mil quinientos libros. Era el único modo que tenía -ya que dinero no- de arrancar con un fondo de librería interesante: se vendieron muy bien. Y confieso que no me dolió venderlos.
Reconozco también que no he vuelto a formar biblioteca personal (según una antigua tradición -y pueden verse referencias en El Quijote y en otros clásicos-), puede ocurrir en cierto momento de la vida de algunos muy lectores, por su bien, que les convenga dejar los libros.
Algunos de los clientes y particularmente los más bibliófilos de entre ellos, a veces se extrañan un poco de oírme decir estas cosas porque se dan cuenta de que -como ellos- aprecio lo bello y lo excelente y conozco (en el sentido clásico de conocer) el amor que suscitan en nuestros corazones. Pero hace años que leo apenas las solapas y los prólogos: busco los libros raros, bellos, sabios. Los compro y los disfruto mientras están en mi poder y luego los traslado a poder de quien los quiere y acaso los merece o necesita más que yo: los clientes de la librería que me honran con sus enseñanzas y sus adquisiciones.




Pocos de nosotros en nuestra vida habremos tomado una decisión tan importante: lanzarnos al agua de cabeza, sin salvavidas. Arriesgar todo lo que teníamos de valor por alcanzar un sueño. Y Felipe Martínez Prieto lo hizo, y lo hizo muy bien; porque sus catálogos no son una simple recopilación de libros de segunda mano, su librería es mucho más que una librería de lance, como bien reza en su denominación se trata de una librería anticuaria que en su último catálogo ofrece: 50 primeras ediciones, una edición incunable de la Divina Comedia, dos Nobiliarios desconocidos del s. XVII, más de 30 piezas cartográficas (s. XVII, XVIII, XIX)... entre otras muchas delicatessen. Como en la anterior ocasión, os dejo unas pocas referencias del catálogo agradables a mi paladar, pero desgraciadamente inalcanzables para mi bolsillo. Las cursivas son mías:






11. Biblia Sacra Vulgatae Editiones, Sixti V & Clementis VIII. Pont. Max. Auctoritate recognita.
Joaquín Ibarra, Madrid, 1877. 2 vols, plena piel de época, con nervios, lomo cuajado y dos tejuelos, cinta de registro, cortes pintados. 671 y 771 pp. Gran folio - 700 €
[Algún día podré agenciarme una edición de este magnífico impresor aragonés del XVIII para mi humilde biblioteca.]

13 Constitución de la Nación Española, promulgada en Madrid el 6 de junio de 1869
Imp. de J. A. García, Madrid, 1869. Plena piel con nervios, título dorado en la cubierta superior, estuche. 88 páginas. 16º - 600 €
[Una buena oportunidad de conseguir en una cuidada edición original uno de los textos constitucionales del XIX.]

17 El libro de Oro de la Patria [vasca]
Editorial Gurea, San Sebastián, s/f pero hacia 1934. Plena piel editorial muy lujosa, con título dorado sobre el plano superior, que lleva también la incrustación del escudo heráldico de seis cuarteles bordados a todo color. Reproduce los autógrafos de Mciá, Edmon de Valera (presidente de Irlanda), pensamientos de Arana Goiri y dedicatoria por Arturo Campión. Gran papel en diversos colores, con grandes márgenes. Cada monografía se ejecutó con diseños gráficos, ilustraciones y colores diferentes. Numerosos artículos sobre los más diversos temas de la historia, etnología, arte, literatura y cultura vasca en general, reproduciendo multitud de pinturas alusivas mediante láminas litográficas a todo color y de gran calidad. Incluye también 2 aguafuertes de David Álvarez y otros 2 de Murillo, así como dibujos por Murillo, Txiki, Lagarde, Bernaville. Y la portada del Estatuto Vasco presentado a las Cortes españolas. Gran folio. - 1400 €

92 Bury, Ricardo y M. Ilin. Colección Crisolín nº 0.
Amor e Historia en el Libro: Filobiblión, muy hermoso tratado sobre el amor a los libros y Negro sobre Blanco, una historia de la escritura y el libro para chicos y grandes. Aguilar, Madrid, 1950. Plena piel editorial, papel biblia, cinta de registro, retrato, 482 pp. 84x62 mm. - 700 €
[De la misma manera que deseo un Ibarra en mi biblioteca, algún día afrontaré la adquisición de esta diminuta pero exquisita colección de la editorial Aguilar, de la que sólo dispongo de un ejemplar. En el resto del catálogo se ofrecen algunos números más de la colección Crisolín.]


Por si alguno quiere (y puede) visitar la librería, os dejo el plano de situación:

sábado, 25 de abril de 2009

SEGURIDAD VIAL EN POLONIA

Gracias al programa Asuntos Propios de RNE me he enterado de la noticia, después confirmada aquí y aquí vía internet, de las actuaciones que el departamento de policía polaco va a tomar estos días como medida de seguridad vial encaminada a disminuir la elevada accidentalidad que padecen los conductores de dicho país.

La medida en cuestión (y parece ser que no es el primer año que se pone en práctica) consiste en según la agencia EFE:
"... el próximo domingo grupos de agentes rezarán por los conductores y pedirán ayuda divina para evitar los siniestros."
Así, tal cual. No sé que pensarán los polacos... pero si de mi se tratara, tendría serias dudas en usar sus carreteras para mis desplazamientos. Declaraciones de este tipo no me brindan demasiada confianza que digamos en la profesionalidad de los agentes encargados de garantizar la seguridad del tráfico, quizá buena voluntad sí, pero no creo que me sirviera de mucho frente a un firme en mal estado.

Quien bien me conoce sabe de mi escasa devoción por el sr. Pere Navarro, Director General de Tráfico en España, pero oído y leído lo anterior casi que no me queda más remedio que santiguarme y encomendarme a la divina providencia para que al sr. Navarro no se le ocurra tomar una medida similar. Me veo poniendo un altar dedicado a San Cristobal en la oficina de Tráfico a modo del San Pancracio de turno con su perejil a cuestas.

Si fuera el día de los Santos Inocentes pensaría que se trata de una inocentada, pero aquí esta confirmada en la misma página oficial de la Policja o Policía de Polonia, pinchando en la imagen acceso directo a la noticia en la página oficial de la policia polaca. Como evidentemente los pocos que me leen dudo de que conozcáis el polaco podéis darle al traductor, aunque los resultados son desalentadores, se confirma la veracidad de la noticia. Ver para creer.

viernes, 24 de abril de 2009

DEL AMOR A LOS LIBROS

Recién acabado el día del libro y casi paso por él sin cumplir con la tradición de agenciarme uno más dispuesto a luchar por encontrar un lugar entre los abarrotados anaqueles de mi biblioteca. En esta ocasión el eligido ha sido Marruecos ¡17 a las 17! de Joaquín Gil Honduvilla. Un libro que describe como se desarrollaron los acontecimientos en las plazas del Protectorado español de Marruecos en los días claves del golpe de estado de Franco.

Realmente poco importa la temática de la adquisición, lo importante es cumplir con la tradición, mantener vivo ese ritual mágico consistente en trasladar hasta el rincón favorito de tu hogar ese pequeño trofeo de papel encolado, destaparlo y hurgar en su contenido, imaginando todo lo que el autor quiso plasmar en sus páginas.

Uno de los pocos textos que he leído donde se describe a la perfección esa magia que posee todo libro impreso se debe a Ray Bradbury (1920-). Autor de Crónicas Marcianas (1950) o Fahrenheit 451 (1953), es precisamente en una edición de esta última donde incluye un postfacio fechado cuarenta años después de su publicación en el que relata apasionadamente su amor por los libros, en concreto por ese libro en particular. Aviso que es un poco extenso, pero os lo transcribo completo para que lo disfrutéis como yo lo hice en su día, aunque poniendo en negrita los párrafos más emotivos por si no tenéis tiempo de leerlo en su totalidad. Prohibido pasar por alto el final.

Cinco pequeños brincos y luego un gran salto.

Cinco petardos y luego una explosión.

Eso describe poco más o menos la génesis de Fahrenheit 451.

Cinco cuentos cortos, escritos durante un período de dos o tres años, hicieron que invirtiera nueve dólares y medio en monedas de diez centavos en alquilar una máquina de escribir en el sótano de una biblioteca, y acabara la novela corta en sólo nueve días.

¿Cómo es eso?

Primero, los saltitos, los petardos:

En un cuento corto, «Bonfire», que nunca vendí a ninguna revista, imaginé los pensamientos literarios de un hombre en la noche anterior al fin del mundo. Escribí unos cuantos relatos parecidos hace unos cuarenta y cinco años, no como una predicción, sino como una advertencia, en ocasiones demasiado insistente. En «Bonfire», mi héroe enumera sus grandes pasiones. Algunas dicen así:

«Lo que más molestaba a William Peterson era Shakespeare y Platón y Aristóteles y Jonathan Swift y William. Faulkner, y los poemas de, bueno, Robert Frost, quizá, y John Donne y Robert Herrick. Todos arrojados a la Hoguera. Después imaginó las cenizas (porque en eso se convertirían). Pensó en las esculturas colosales de Michelangelo, y en el Greco y Renoir y en tantos otros. Mañana estarían todos muertos, Shakespeare y Frost junto con HuxIey, Picasso, Swift y Beethoven, toda aquella extraordinaria biblioteca y el bastante común propietario … »

No mucho después de «Bonfire» escribí un cuento más imaginativo, pienso, sobre el futuro próximo, «Bright Phoenix»: el patriota fanático local amenaza al bibliotecario del pueblo a propósito de unos cuantos miles de libros condenados a la hoguera. Cuando los incendiarios llegan para rociar los volúmenes con kerosene, el bibliotecario los invita a entrar, y en lugar de defenderse, utiliza contra ellos armas bastante sutiles y absolutamente obvias. Mientras recorremos la biblioteca y encontramos a los lectores que la habitan, se hace evidente que detrás de los ojos y entre las orejas de todos hay más de lo que podría imaginarse. Mientras quema los libros en el césped del jardín de la biblioteca, el Censor Jefe toma café con el bibliotecario del pueblo y habla con un camarero del bar de enfrente, que viene trayendo una jarra de humeante café.

-Hola, Keats -dije.

-Tiempo de brumas y frustración madura -dijo el camarero.

-¿Keats? -dijo el Censor jefe -. ¡No se llama Keats!

-Estúpido -dije -. Éste es un restaurante griego. ¿No es así, Platón?

El camarero volvió a llenarme la taza. -El pueblo tiene siempre algún campeón, a quien enaltece por encima de todo… Ésta y no otra es la raíz de la que nace un tirano; al principio es un protector.

Y más tarde, al salir del restaurante, Barnes tropezó con un anciano que casi cayó al suelo. Lo agarré del brazo.

-Profesor Einstein -dije yo.

-Señor Shakespeare -dijo él.

Y cuando la biblioteca cierra y un hombre alto sale de allí, digo: -Buenas noches, señor Lincoln …

Y él contesta: -Cuatro docenas y siete años …

El fanático incendiario de libros se da cuenta entonces de que todo el pueblo ha escondido los libros memorizándolos. ¡Hay libros por todas partes, escondidos en la cabeza de la gente! El hombre se vuelve loco, y la historia termina.

Para ser seguida por otras historias similares: «The Exiles», que trata de los personajes de los libros de Oz y Tarzán y Alicia, y de los personajes de los extraños cuentos escritos por Hawthorne y Poe, exiliados todos en Marte; uno por uno estos fantasmas se desvanecen y vuelan hacia una muerte definitiva cuando en la Tierra arden los últimos libros.

En «Usher H» mi héroe reúne en una casa de Marte a todos los incendiarios de libros, esas almas tristes que creen que la fantasía es perjudicial para la mente. Los hace bailar en el baile de disfraces de la Muerte Roja, y los ahoga a todos en una laguna negra, mientras la Segunda Casa Usher se hunde en un abismo insondable.

Ahora el quinto brinco antes del gran salto.

Hace unos cuarenta y dos años, año más o año menos, un escritor amigo mío y yo íbamos paseando y charlando por Wilshire, Los Angeles, cuando un coche de policía se detuvo y un agente salió y nos preguntó qué estábamos haciendo.

-Poniendo un pie delante del otro -le contesté, sabihondo.

Ésa no era la respuesta apropiada.

El policía repitió la pregunta.

Engreído, respondí: -Respirando el aire, hablando, conversando, paseando.

El oficial frunció el ceño. Me expliqué.

-Es ¡lógico que nos haya abordado. Si hubiéramos querido asaltar a alguien o robar en una tienda, habríamos conducido hasta aquí, habríamos asaltado o robado, y nos habríamos ido en coche. Como usted puede ver, no tenemos coche, sólo nuestros pies.

-¿Paseando, eh? -dijo el oficial -. ¿Sólo paseando?

Asentí y esperé a que la evidente verdad le entrara al fin en la cabeza.

-Bien -dijo el oficial -. Pero, ¡qué no se repita!

Y el coche patrulla se alejó.

Atrapado por este encuentro al estilo de Alicia en el País de las Maravillas, corrí a casa a escribir «El peatón» que hablaba de un tiempo futuro en el que estaba prohibido caminar, y los peatones eran tratados como criminales. El relato fue rechazado por todas las revistas del país y acabó en el Reporter la espléndida revista política de Max Ascoli.

Doy gracias a Dios por el encuentro con el coche patrulla, la curiosa pregunta, mis respuestas estúpidas, porque si no hubiera escrito «El peatón» no habría podido sacar a mi criminal paseante nocturno para otro trabajo en la ciudad, unos meses más tarde.

Cuando lo hice, lo que empezó como una prueba de asociación de palabras o ideas se convirtió en una no vela de 25.000 palabras titulada «The Fireman», que me costó mucho vender, pues era la época del Comité de Investigaciones de Actividades Antiamericanas, aunque mucho antes de que Joseph McCarthy saliera a escena con Bobby Kermedy al alcance de la mano para organizar nuevas pesquisas.

En la sala de mecanografía, en el sótano de la biblioteca, gasté la fortuna de nueve dólares y medio en monedas de diez centavos; compré tiempo y espacio junto con una docena de estudiantes sentados ante otras tantas máquinas de escribir.

Era relativamente pobre en 1950 y no podía permitirme una oficina. Un mediodía, vagabundeando por el campus de la UCLA, me llegó el sonido de un tecleo desde las profundidades y fui a investigar. Con un grito de alegría descubrí que, en efecto, había una sala de mecanografía con máquinas de escribir de alquiler donde por diez centavos la media hora uno podía sentarse y crear sin necesidad de tener una oficina decente.

Me senté y tres horas después advertí que me había atrapado una idea, pequeña al principio pero de proporciones gigantescas hacia el final. El concepto era tan absorbente que esa tarde me fue difícil salir del sótano de la biblioteca y tomar el autobús de vuelta a la realidad: mi casa, mi mujer y nuestra pequeña hija.

No puedo explicarles qué excitante aventura fue, un día tras otro, atacar la máquina de alquiler, meterle monedas de diez centavos, aporrearla como un loco, correr escaleras arriba para ir a buscar más monedas, meterse entre los estantes y volver a salir a toda prisa, sacar libros, escudriñar páginas, respirar el mejor polen del mundo, el polvo de los libros, que desencadena alergias literarias. Luego correr de vuelta abajo con el sonrojo del enamorado, habiendo encontrado una cita aquí, otra allá, que metería o embutiría en mi mito en gestación. Yo estaba, como el héroe de Melville, enloquecido por la locura. No podía detenerme. Yo no escribí Fahrenheit 451, él me escribió a mí. Había una circulación continua de energía que salía de la página y me entraba por los ojos y recorría mi sistema nervioso antes de salirme por las manos. La máquina de escribir y yo éramos hermanos siameses, unidos por las puntas de los dedos.


Fue un triunfo especial porque yo llevaba escribiendo relatos cortos desde los doce años, en el colegio y después, pensando siempre que quizá nunca me atrevería a saltar al abismo de una novela. Aquí, pues, estaba mi primer intento de salto, sin paracaídas, a una nueva forma. Con un entusiasmo desmedido a causa de mis carreras por la biblioteca, oliendo las encuadernaciones y saboreando las tintas, pronto descubrí, como he explicado antes, que nadie quería «The Fireman». Fue rechazado por todas las revistas y finalmente fue publicado por la revista Galaxy, cuyo editor, Horace Gold, era más valiente que la mayoría en aquellos tiempos.

¿Qué despertó mi inspiración? ¿Fue necesario todo un sistema de raíces de influencia, sí, que me impulsaran a tirarme de cabeza a la máquina de escribir y a salir chorreando de hipérboles, metáforas y símiles sobre fuego, imprentas y papiros?

Por supuesto: Hitler había quemado libros en Alemania en 1934, y se hablaba de los cerilleros y yesqueros de Stalin. Y además, mucho antes, hubo una caza de brujas en Salem en 1680, en la que mi diez veces tatarabuela Mary Bradbury fue condenada pero escapó a la hoguera. Y sobre todo fue mi formación romántica en la mitología romana, griega y egipcia, que empezó cuando yo tenía tres años. Sí, cuando yo tenía tres años, tres, sacaron a Tut de su tumba y lo mostraron en el suplemento semanal de los periódicos envuelto en toda una panoplia de oro, ¡y me pregunté qué sería aquello y se lo pregunté a mis padres!

De modo que era inevitable que acabara oyendo o leyendo sobre los tres incendios de la biblioteca de Alejandría; dos accidentales, y el otro intencionado. Tenía nueve años cuando me enteré y me eché a llorar. Porque, como niño extraño, yo ya era habitante de los altos áticos y los sótanos encantados de la biblioteca Carnegie de Waukegan, Illinois.

Puesto que he empezado, continuaré. A los ocho, nueve, doce y catorce años, no había nada más emocionante para mí que correr a la biblioteca cada lunes por la noche, mi hermano siempre delante para llegar primero. Una vez dentro, la vieja bibliotecaria (siempre fueron viejas en mi niñez) sopesaba el peso de los libros que yo llevaba y mi propio peso, y desaprobando la desigualdad (más libros que chico), me dejaba correr de vuelta a casa donde yo lamía y pasaba las páginas.

Mi locura persistió cuando mi familia cruzó el país en coche en 1932 y 1934 por la carretera 66. En cuanto nuestro viejo Buick se detenía, yo salía del coche y caminaba hacia la biblioteca más cercana, donde tenían que vivir otros Tarzanes, otros Tik Toks, otras Bellas y Bestias que yo no conocía.

Cuando salí de la escuela secundaria, no tenía dinero para ir a la universidad. Vendí periódicos en una esquina durante tres años y me encerraba en la biblioteca del centro tres o cuatro días a la semana, y a menudo escribí cuentos cortos en docenas de esos pequeños tacos de papel que hay repartidos por las bibliotecas, como un servicio para los lectores. Emergí de la biblioteca a los veintiocho años. Años más tarde, durante una conferencia en una universidad, habiendo oído de mi total inmersión en la literatura, el decano de la facultad me obsequió con birrete, toga y un diploma, como «graduado» de la biblioteca.

Con la certeza de que estaría solo y necesitando ampliar mi formación, incorporé a mi vida a mi profesor de poesía y a mi profesora de narrativa breve de la escuela secundaria de Los Angeles. Esta última, Jermet Johnson, murió a los noventa años hace sólo unos años, no mucho después de informarse sobre mis hábitos de lectura.

En los últimos cuarenta años es posible que haya escrito más poemas, ensayos, cuentos, obras teatrales y novelas sobre bibliotecas, bibliotecarios y autores que cualquier otro escritor. He escrito poemas como Emily Dickinson, Where Are You? Hermann Melville Called Your Name Last Night In His Sleep. Y otro reivindicando a Emily y el señor Poe como mis padres. Y un cuento en el que Charles Dickens se muda a la buhardilla de la casa de mis abuelos en el verano de 1932, me llama Pip, y me permite ayudarlo a terminar Historia de dos ciudades. Finalmente, la biblioteca de La feria de las tinieblas es el punto de cita para un encuentro a medianoche entre el Bien y el Mal. La señora Halloway y el señor Dark. Todas las mujeres de mi vida han sido profesoras, bibliotecarias y libreras. Conocí a mi mujer, Maggie, en una librería en la primavera de 1946.

Pero volvamos a «El peatón» y el destino que corrió después de ser publicado en una revista de poca categoría. ¿Cómo creció hasta ser dos veces más extenso y salir al mundo?

En 1953 ocurrieron dos agradables novedades. Ian Ballantine se embarcó en una aventura arriesgada, una colección en la que se publicarían las novelas en tapa dura y rústica a la vez. Ballantine vio en Fahrenheit 451 las cualidades de una novela decente si yo añadía otras 25.000 palabras a las primeras 25.000.

¿Podía hacerse? Al recordar mi inversión en monedas de diez centavos y mi galopante ir y venir por las escaleras de la biblioteca de UCLA a la sala de mecanografía, temí volver a reencender el libro y recocer los personajes. Yo soy un escritor apasionado, no intelectual, lo que quiere decir que mis personajes tienen que adelantarse a mí para vivir la historia. Si mi intelecto los alcanza demasiado pronto, toda la aventura puede quedar empantanada en la duda y en innumerables juegos mentales.

La mejor respuesta fue fijar una fecha y pedirle a Stanley Kauffmann, mi editor de Ballantine, que viniera a la costa en agosto. Eso aseguraría, pensé, que este libro Lázaro se levantara de entre los muertos. Eso además de las conversaciones que mantenía en mi cabeza con el jefe de Bomberos, Beatty, y la idea misma de futuras hogueras de libros. Si era capaz de volver a encender a Beatty, de dejarlo levantarse y exponer su filosofía, aunque fuera cruel o lunática, sabía que el libro saldría del sueño y seguiría a Beatty.

Volví a la biblioteca de la UCLA, cargando medio kilo de monedas de diez centavos para terminar mi novela. Con Stan Kauffmann abatiéndose sobre mí desde el cielo, terminé de revisar la última página a mediados de agosto. Estaba entusiasmado, y Stan me animó con su propio entusiasmo.

En medio de todo lo cual recibí una llamada telefónica que nos dejó estupefactos a todos. Era John Houston, que me invitó a ir a su hotel y me preguntó si me gustaría pasar ocho meses en Irlanda para escribir el guión de Moby Dick.

Qué año, qué mes, qué semana.

Acepté el trabajo, claro está, y partí unas pocas semanas más tarde, con mi esposa y mis dos hijas, para pasar la mayor parte del año siguiente en ultramar. Lo que significó que tuve que apresurarme a terminar las revisiones menores de mi brigada de bomberos.

En ese momento ya estábamos en pleno período macartista- McCarthy había obligado al ejército a retirar algunos libros «corruptos» de las bibliotecas en el extranjero. El antes general, y por aquel entonces presidente Eisenhower, uno de los pocos valientes de aquel año, ordenó que devolvieran los libros a los estantes.

Mientras tanto, nuestra búsqueda de una revista que publicara partes de Fahrenheit 451 llegó a un punto muerto. Nadie quería arriesgarse con una novela que tratara de la censura, futura, presente o pasada.

Fue entonces cuando ocurrió la segunda gran novedad. Un joven editor de Chicago, escaso de dinero pero visionario, vio mi manuscrito y lo compró por cuatrocientos cincuenta dólares, que era todo lo que tenía. Lo publicaría en los número dos, tres y cuatro de la revista que estaba a punto de lanzar.

El joven era Hugh Hefner. La revista era P1ayboy, que llegó durante el invierno de 1953 a 1954 para escandalizar y mejorar el mundo. El resto es historia. A partir de ese modesto principio, un valiente editor en una nación atemorizada sobrevivió y prosperó. Cuando hace unos meses vi a Hefner en la inauguración de sus nuevas oficinas en California, me estrechó la mano y dijo: «Gracias por estar allí». Sólo yo supe a qué se refería.

Sólo resta mencionar una predicción que mi Bombero jefe, Beatty, hizo en 1953, en medio de mi libro. Se refería a la posibilidad de quemar libros sin cerillas ni fuego. Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe. Si el baloncesto y el fútbol inundan el mundo a través de la MTV, no se necesitan Beattys que prendan fuego al kerosene o persigan al lector. Si la enseñanza primaria se disuelve y desaparece a través de las grietas y de la ventilación de la clase, ¿quién, después de un tiempo, lo sabrá, o a quién le importará?

No todo está perdido, por supuesto. Todavía estamos a tiempo si evaluamos adecuadamente y por igual a profesores, alumnos y padres, si hacemos de la calidad una responsabilidad compartida, si nos aseguramos de que al cumplir los seis años cualquier niño en cualquier país puede disponer de una biblioteca y aprender casi por osmosis; entonces las cifras de drogados, bandas callejeras, violaciones y asesinatos se reducirán casi a cero. Pero el Bombero jefe en la mitad de la novela lo explica todo, y predice los anuncios televisivos de un minuto, con tres imágenes por segundo, un bombardeo sin tregua. Escúchenlo, comprendan lo que quiere decir, y entonces vayan a sentarse con su hijo, abran un libro y vuelvan la página.

Pues bien, al final lo que ustedes tienen aquí es la relación amorosa de un escritor con las bibliotecas; o la relación amorosa de un hombre triste, Montag, no con la chica de la puerta de al lado, sino con una mochila de libros. ¡Menudo romance! El hacedor de listas de «Bonfire» se convierte en el bibliotecario de «Bright Phoenix» que memoriza a Lincoln y Sócrates, se transforma en «El peatón» que pasea de noche y termina siendo Montag, el hombre que olía a kerosene y encontró a Clarisse. La muchacha le olió el uniforme y le reveló la espantosa misión de un bombero, revelación que llevó a Montag a aparecer en mi máquina de escribir un día hace cuarenta años y a suplicar que le permitiera nacer.

-Ve -dije a Montag, metiendo otra moneda en la máquina -, y vive tu vida, cambiándola mientras vives. Yo te seguiré.

Montag corrió. Yo fui detrás.

Ésta es la novela de Montag.

Le agradezco que la escribiera para mí

domingo, 15 de marzo de 2009

JOAN PICH I PON

El presidente José Luis Rodríguez Zapatero ha saltado a la palestra por habérsele trabucado la lengua mientras pronunciaba un discurso ante la visita de su homónimo ruso Dmitri Medvédev. El subconsciente le ha jugado una mala pasada al sustituir la palabra "apoyar" por "follar", curiosa asociación de ideas cuando estaba hablando del aumento del turismo español en Rusia ¿quizá pensaba en alguna tenista rusa mientras pronunciaba su declaración?


Este lapsus linguae viene al pelo para hablar de otro político famoso por sus gazapos: Joan Pich i Pon (1878-1937). Político catalán que llegó a ser alcalde de Barcelona durante unos meses de 1935, además de concejal de dicho ayuntamiento en varias ocasiones, diputado provincial, senador, diputado a Cortes y gobernador general interino de Cataluña. Tan numerosos fueron sus disparates que sus apellidos han creado una denominación coloquial para ellos: piquiponadas o piquiponianas, aunque todavía no es un término aceptado por la RAE.

La causa de tantos dislates se encuentra en su origen humilde, Joan Pich i Pon fue un industrial de la electricidad, que consiguió fundar una pequeña fortuna que le permitió entrar en política y a pesar de su escasa cultura, ser propietario de varios periódicos. Es preciso reconocer que no todos los que se le achacaron en su momento fueron de su propia cosecha, ya que abundaban las frases espurias, incentivadas por semanarios catalanes como "Mirador" y "El Be Negre", que en el caso de este último, se pagaban a tres pesetas a quien aportara alguna, según declaró en sus memorias el escritor Avel-lí Artís-Gener (Tísner).

Como piquiponada original y acreditada se encuentra la que cometió en un discurso contra la inmigración: “lo necesario es que cada uno viviera (sic) en nuestra propia tierra. Entonces segurament comenzaríamos a estar bien. Los franceses, en Francia; los ingleses, en Inglaterra; los murcianos, en Murcia; los belgas, en Belgrado”...

Como piquiponadas falsas que fueron divulgadas como suyas tenemos algunas perlas, como la que en una inauguración en la que se encontraba blandiendo una espada, dicen que llegó a decir: "¿A que parezco un radiador romano?" por gladiador; o aquella otra dicha durante un verano caluroso: "Este calor es impropio de estos días. Parece que hayamos entrado en plena calígula." por canícula; o durante una de sus sesiones municipales: "Ahora con la agua cloroformizada, ya no habrá peligro de nada..." por clorada.

Son muchas, éstas que siguen posiblemente más creíbles teniendo en cuenta su habla campechana. En una ocasión al ir a presentar a un conferenciante dicen que pronunció: "Bueno, no soy yo quien ha venido a molestarles...", y esta otra en un mítin: "Ahora hará uso de la palabra el joven Pepe Ulled, que no tiene más aspiración que morir de un tiro en la cabeza defendiendo una barricada." Eran otros tiempos aquellos del primer tercio del siglo XX en España, con numerosos partidos de corte radical. He encontrado referencias a Pepe y Rafael Ulled, miembros del partido de Lerroux en el que también militó Joan Pich i Pon, lo que otorga mayor credibilidad a la anécdota.

Para finalizar, otra frase presumiblemente apócrifa también, pero que le viene al pelo debido a sus opiniones contra el clero. Durante un entierro civil se cuenta que llegó a pronunciar: "Llegará un día en que los entierros se harán sin curas y sin difunto..." ¡Gran avance para la época! No sólo logra suprimir la religión de un plumazo, sino que no se queda ahí y consigue la inmortalidad ya que no habría difuntos que llevar a enterrar. Con expresiones como esta última no es de extrañar que fuera elegido varias veces como representante público por sus coetáneos.

Fuentes:
www.verbalia.com
www.mensa.com

lunes, 9 de marzo de 2009

TRIANA 25 ANIVERSARIO y medio...

Esta entrada se la debo al programa de RNE El Ojo Crítico, y debiera haber comenzado así: "El próximo mes de octubre se cumplirán..." ya que la tenía casi terminada desde agosto de 2008 para hacerla coincidir con la efeméride, pero circunstancias sólo achacables a mí desidia, hacen que la comience como sigue:

El pasado mes de octubre se cumplieron 25 años de la muerte en accidente de tráfico de Jesús de la Rosa (1948-1983), voz, teclados y líder del grupo Triana, integrado también por Juan José Palacios (Tele) batería y percusiones y Eduardo Rodríguez Rodway, guitarras. Por tal efeméride ha salido a la venta Quiero contarte (Warner), que incluye tres CD's, los dos primeros con 24 éxitos remasterizados del mítico grupo andaluz, y un tercero titulado Tu frialdad. Homenaje a Jesús de la Rosa que pretende ser un homenaje a dicho músico, en el que colaboran artistas de la talla de Bunbury, Joaquín Sabina, Manolo Tena, El Barrio, Ketama o Cristina del Valle entre otros.

Triana pudo grabar su primera maqueta gracias al hoy denostado Teddy Bautista. Con los instrumentos que éste les prestó grabaron en 1974 el tema Luminosa mañana, pero no lograron encontrar productor hasta un año más tarde cuando publicaron El patio. Vinilo de culto por la nula promoción y escaso número de ventas que tuvo inicialmente pero que, sin embargo, corrió de boca en boca entre el mundillo de la época. Recordemos que el germen del grupo se sitúa entre una época tan lejana como son los últimos años en la vida de Franco y los primeros de la transición a la democracia.

Si bien no fueron los pioneros del rock andaluz, son considerados como tales en detrimento de grupos como Smash ya que si fueron los primeros en lograr alcanzar un éxito de ventas en unos años en que las tendencias cambiaban vertiginosamente. Lo que originó que a la muerte de Jesús de la Rosa ya su música trascendente estuviese de capa caída, absorvida por los destellos y veleidades de aprendices de músicos que componían la Movida madrileña, en auge en la década de los 80.

El fallecimiento de Jesús de la Rosa supuso en la práctica la muerte del grupo, si bien Tele intentó reflotarlo años más tarde con una nueva formación de la que llegó a editar tres nuevos discos. A Tele pude verlo en directo en Melilla acompañando a Alameda, más como personaje con su batería y su enorme gong y sus carreras sobre el escenario que como instrumentista real. A pesar de lo perjudicado que aparecía lograba interpretar a la perfección el papel de ídolo del rock patrio (tan huérfano de ellos nos encontramos) que se correspondía con el misticismo que desde la muerte de Jesús de la Rosa rodeaba a Triana. Tele falleció también lamentablemente hace unos pocos años, víctima de un corazón demasiado cansado.

Eduardo Rodríguez es el único integrante de la banda original que aún vive, y el que pone la nota discordante a este ¿homenaje? que no queda ya tan claro si leemos el manifiesto escrito por él en enero de 2008:

Triana vuelve sin ninguno de sus fundadores.

Yo Eduardo Rodríguez Rodway único miembro vivo del grupo Triana y co-fundador del mismo ante el engaño, estafa y el aprovechamiento del legado cultural y moral por mercaderes del todo vale, músicos mercenarios, cantantes caricatos, maletas de viudas, representante mercachifle que manchan, utilizan, y equivocan el buen nombre del grupo a nuestros fans y al público general solamente por el puto dinero, declaro que:

¿Dónde queda la Dignidad?
¿El Respeto por la obra hecha? ¿Por los ausentes? ¿Por Mí?
Vampiros de toda la energía que hemos derramado en el pasado. ¿Por que no dejáis tranquila a Triana?

Triana no merece traidores.

¿Quién es una viuda para hacer obra en nuestro nombre?
¿Quién es un representante ladino para manipular todo y confundir?
¿Cómo tienen la poca vergüenza de utilizar el mismo logo que tampoco es suyo?...
Aquí no hay ningún tributo de homenaje, sólo utilización mercantil y zafia.

Ellos no quieren saber que Triana ha costado “Sangre, Sudor y Lágrimas” muchas lágrimas.

Desde aquí me siento engañado, triste y afligido
Tantas segundas partes ya está bien!!!!

Oportunista o no (que me temo que va a ser que sí), este cd nos brinda la oportunidad de recordar a uno de los grupos pioneros del rock progresivo en España, os dejo una intervención en el programa de Moncho Alpuente (indescriptible pinta la suya) Mundo Pop.




Para conocer un poco más: Wikipedia, Web, Myspace.